Los mocasines de Gorila son un acierto total.
Porque claro, uno quiere que vayan bien vestidos, sobre todo si hay cole o un evento… pero que no lleguen a casa con los pies destrozados. Pues con estos, ni una queja.
La piel tiene ese brillo justo. No es el típico charol tieso, es más natural, más bonito. Lo limpias con un trapo húmedo, un poco de crema, y queda como nuevo.
A mí me sorprendió lo bien que aguanta el uso. Y eso que mi hijo les da guerra, ¿eh?
La suela… ¡ay, la suela! Es flexible, no de esas que parece que llevas un ladrillo. Se adapta, dobla, y no resbala ni cuando llueve un poco. Lo mejor es que no pesa nada. Él va corriendo, sube y baja escaleras, y ni se entera de que los lleva.
Por dentro son suaves. Nada de costuras duras ni rozaduras raras. Y como son tipo mocasín, se los pone solo. No sabes lo que nos ha facilitado las mañanas. Yo solo lo miro y digo “otro día que llegamos a tiempo gracias a esos zapatos”.
Sirven para todo. De verdad. Hoy al cole, mañana a una comida con los abuelos, y pasado a una ceremonia. Siempre quedan bien. No necesitas tener cinco pares distintos. Y lo mejor, lo que más me gusta… es que no se deforman. No se les va la forma, no se desgastan rápido. Se nota que están hechos para durar. Porque sí, puede ser un zapato clásico… pero es de esos que lo acompañan en su día a día, sin molestar, sin romperse, sin dramas.




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